lunes, 2 de junio de 2014

¡Acepto el guante!

Es curioso, la primera reacción a todo estímulo, al menos en mi caso, es un sí como una catedral. “Sí, estoy dispuesto a cruzar este río helado”; “si, me atrevo a entrarle a aquella chica”; “si, estás más que invitado a mi casa del pueblo, ya sabes”. Sin embargo, a la mitad del nado, del cortejo y de la oferta, las dudas. Que yo me cuestione cada cosa que hago, por intrascendental y vana que sea, puede suponer un incordio de dimensiones paquidérmicas, de hecho es un coñazo. Todo sería más fácil si al sí, por supuesto, claro, faltaría más, le siguiera un a otra cosa, mariposa, esa inconsciencia que te permite ir de un lado para otro con los ojos cerrados. Total, para lo que hay que ver… Pero no, mi cabeza insiste, una y otra vez, en situarme frente a mis respuestas como se posiciona uno frente a una novia histérica. Y entonces aparece el por qué (si es que alguna vez se ha ido) para poner en entredicho mi impulsivo y valiente arrebato primero. Esta maldita pregunta, omnipresente, convierte mi vida en un interrogatorio permanente hacia mí mismo. Pero el reo se niega a confesar. Se trata, más bien, de la búsqueda incesante de una verdad oculta que solo se hace visible, parcialmente, para incitar con más fuerza a la persecución, es decir, la construcción inverosímil de explicaciones que no explican nada. A veces, cuando pienso en el argumento de mi última ficción siento lástima, como autor, por el espectador. No se trata de que pueda sufrir más o menos con mis mentiras, sino de que la farsa pudiera no haber estado a la altura. Si el otro se ríe o se cabrea es fácil saber que todo ha sido un éxito, y recoger las mieles de una función más que sigue permitiéndome comer. Por eso no aguanto las caras inexpresivas, la materia inerte, calcárea, pétrea. Esa gente que reacciona igual ante la muerte de un padre, la invitación a un cubata o unos versos de Pessoa. Por eso disfruto tanto de la soledad, porque, en el fondo, contestar a mis preguntas malditas es una forma de diálogo apócrifo que me niega a dejarme solo. Ante uno mismo no es posible la mentira. Ojalá lo fuera, pero una vez iniciado el diálogo, o eres honesto o eres coherente. No es lo mismo. La coherencia siempre busca fuera de uno para encontrar ramas a las que agarrarse, despeja balones fuera con la intención de que sea otro, la lógica mecánica de los lugares comunes, el que remate de cabeza la jugada. Yo aspiro a ser honesto, mejor dicho, a caminar con honestidad por la senda del tiempo por la que avanza, autoamputándose, la vida. Se trata de no olvidar las ficciones que construyo y que me constituyen, otórgame siempre la posibilidad de ser otro, caminar en zigzag regateando los discursos verdaderos que llamamos Verdad. De nada vale saberse caos y vivir, sin embargo, entre cuatro paredes, refugiado de la lluvia, olvidando la intemperie. La vida es un tablero de ajedrez en el que las normas, las fronteras, los anhelos…emergen con facticidad allí donde, desmemoriados, nos olvidamos de seguir preguntando el por qué. Tal vez por ello, ¡acepto el guante!               

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